Sagrada Escritura

Sagrada escritura (Tercera parte)

By mayo 22, 2020 octubre 27th, 2020 No Comments
Carmen Balcells y Pedro Villalba Ospina
Barcelona, España – Noviembre de 2011
Foto Archivo Taller Bosque Primario

Con una mirada de afirmación, Carmen Balcells me dijo que volviera antes de que terminara la tarde:

—Te espero a las diecisiete.

Era la segunda vez que iba a Barcelona para reunirme con ella. La primera vez lo había hecho en el verano del año anterior, 2010, durante el mes de julio. En esa ocasión le llevé los 120 grabados iniciales que hice para Cien años de soledad, dejando abierta la sugerencia de hacer una edición limitada con los originales. Antes de llegar a la puerta, después de un amable: hasta la tarde, me volví para mirarla. Sin cambiar de expresión, ella continuaba mirándome desde su silla en la cabecera de la mesa; levantó la mano, manteniendo un gesto de camino abierto en su sonrisa. Sabía lo que significaba para mí la solicitud que le habían hecho desde la presidencia de Colombia.

Después de cerrar la puerta di un paso para entrar al pequeño y mítico ascensor de madera y bronce, al que tantos escritores entraban para llegar a las oficinas de su agencia literaria en el segundo piso, o, a su apartamento en el tercero. Quien tal vez nunca entró en este
pequeño ascensor debió ser Cortázar, pensé, imaginando que ese gigante de las letras solo podía subir por las escaleras de techos altos.

Empecé a caminar por Barcelona sin tener claro hacia a dónde ni a qué. Sin brújula, ni guía alguna, me entregué a la belleza de sus calles y alamedas, perdiéndome en ellas, y aunque consideraba que ya conocía bien la ciudad, esta vez mi estado interior me hacía sentir que estaba allí por primera vez. Todo parecía estar iluminado por un sol distinto, premonitorio de cosas nuevas y buenas, así que me dejé orientar por esa sensación y me dediqué entonces a disfrutar la arquitectura exclusiva de la ciudad y a contemplar desde el anden las casas de Gaudí en la vía de Paseo de Gracia, y a rescatarme por momentos, para comprobar que no estaba caminando por la nebulosa de los sueños, en algún café en donde, como siempre, pedía un expreso doble. Así pasé las horas; tomé algo de almuerzo en alguna parte, luego me orienté lo mejor posible para no alejarme de su casa y me senté en una banca sobre un cruce de la Avenida Diagonal a esperar que llegara la hora de volver.

En la larga mesa estaba ella en su cabecera de siempre. Ana Paz, su secretaria, estaba sentada a su derecha con la libreta de taquigrafía abierta; a su lado se encontraba Jordi Casacuberta, un experto impresor catalán a quien Carmen Balcells quería que yo conociera; y enseguida de él, se encontraba Hernando Peñuela, representando al Grupo Editorial Norma. Yo me senté al lado izquierdo de Carmen Balcells. Antes de llegar, ella los había introducido en los motivos de la reunión, así que después de presentarme continuó hablando, ampliando el dibujo de la conversación que habíamos iniciado en la mañana. Nos dijo a todos que el presidente de Colombia quería hacer una edición especial de Cien años de soledad para entregar en un evento importante que se iba a realizar a comienzos del año siguiente. Dijo también que ella quería que esa edición especial tuviera en cuenta el ejemplar con los grabados que realicé, publicado por el Grupo Editorial Norma en el año 2009. Después de decirlo se dirigió a mí y me preguntó si estaba de acuerdo. Asentí, sorprendido porque no esperaba la pregunta y también porque me produjo una gran alegría. Después continuó diciendo que yo estaba autorizado para hacer una edición limitada de bibliófilo, de la novela Cien años de soledad, en mi taller de artista.

Junto con mi alegría sentí también tranquilidad, porque, además de ser un reconocimiento a mi trabajo, era la continuación de la conversación que habíamos iniciado el año anterior, cuya respuesta estaba en espera. Fue un gran momento de mi vida, acompañado por los comentarios amables de todos y la invitación, de parte de Jordi de Casacuberta, para ir a su taller de impresor, al día siguiente, en calle Aribau. Después de algo más de media hora y más relajada la conversación, me dirigí a Hernando Peñuela: era la segunda vez en mi vida que conocía a alguien con su apellido, por eso la curiosidad me llevó a preguntarle:

—¿Eres familiar del profesor José Ignacio Peñuela?

—No—, respondió, pensando con atención.

Carmen Balcells me miró con un gesto de interrogación al que respondí:

—Es el nombre del profesor que me enseñó a leer en la escuela.

Aproveché la curiosidad de ambos para dar un salto en la conversación en el que todos me acompañaron, yendo conmigo hasta mi recuerdo, que reunió dos experiencias a la vez:

En junio de 1967, la profesora Irma tuvo el privilegio de vivir en carne propia la conmoción literaria que produjo la publicación de la novela Cien años de soledad. Esa experiencia, sumada a su gran formación académica, a su conocimiento de los autores colombianos y a la certeza que tenía de la fuerza que la literatura latinoamericana ganaba con los nuevos escritores que surgían, favoreció a varios de sus alumnos, quienes encontramos en su clase un extraordinario universo de luces que estimularon, en algunos, el gusto por la literatura llevándome a mí, incluso, a hacer intentos de poeta. No obstante, desde un principio, la lectura y el acto de escribir fueron experiencias difíciles, no tanto por un asunto de interés o gusto sino por algo más complejo y estructural en mi capacidad de concentración y aprendizaje que he tenido que domar y someter a fuerza de voluntad y disciplina.

A los seis años y medio, cuando entré a estudiar en la escuela pública en que hice mi primaria, lo primero y mejor que aprendí a desarrollar fue mi memoria. Observaba y retenía todo, pero no entendía el difícil mecanismo de unir vocales con consonantes para armar silabas, palabras y frases. Mientras mis compañeros tomaban ventaja yo acortaba camino memorizándolo todo, y hasta llegué a crear un método creíble que consistía en balbucear y hacer gestos parecidos a los que veía en ellos cuando leían una palabra o una frase, con tanto y tan gestual esfuerzo, que parecía que estuvieran escalando una montaña. Así aprendí a sobrevivir teatralmente el primero de primaria; y cuando debía leer algo nuevo que no había memorizado aún, casi siempre ante mi silencio, la profesora decía:

—¡Cómo puede leer usted en esta página y en esta otra no! Haber, aquí dice: “La oveja da lana, la vaca da leche”. ¡Lea!

Entonces yo la miraba a ella, luego al libro, y tras un breve silencio ponía mis ojos en la página y atravesaba el renglón como si estuviera caminando por un camino de piedras calientes. Con ese truco práctico logré salir de aprietos y pasé a segundo grado, pero pocos días después de haber iniciado clases, el profesor José Ignacio Peñuela descubrió mi habilidad y de una manera prudente, sin hacer notar en el curso mi deficiencia, se acercó hasta mi oído y me dijo quedamente:

—Tú aún no has aprendido a leer.

Recuerdo perfectamente el impacto de mi preocupación, mi silencio anclado y sin fondo, y la vergüenza de haber sido descubierto: tenía siete años. El profesor Peñuela le pidió a mi compañero de puesto que pasara a otro pupitre, luego fue hasta el tablero, escribió con tiza una tarea para que todos la hicieran y regresó para sentarse a mi lado. A partir de ese momento me enseñó a leer nuevamente desde el principio: letra por letra y palabra por palabra, hasta que comprendí las maravillas que no había entendido antes. Debió identificar la honradez de mi dificultad, pero también mi gusto por las formas y mi capacidad para memorizar, pues me llevó a descubrir algo que las palabras también pueden tener: ritmo y musicalidad. En otro momento hizo unos malabares con ellas, diciéndonos:

—Se llaman rimas, coplas y versos infantiles.

Indudablemente su método ausente de castigo, en un tiempo en que aún ciertos maestros nos daban palo en la mano, fue muy efectivo porque rápidamente entendí cómo funcionaba ese milagro de leer y escribir; y aún hoy, después de cinco décadas, no olvido uno de los malabares que ejecutaba para hacer que estuviésemos atentos en la clase: “Siempre, donde hay niños hay una escuela y siempre, donde suena una campana de escuela, los niños comen libros”. ¡Los niños comen libros!, repetíamos todos, y comenzábamos a reír.

Pedro Villalba Ospina
@taller_bosqueprimario