Sagrada Escritura

Sagrada escritura (Cuarta parte)

By junio 19, 2020 octubre 27th, 2020 No Comments
Jaime García Márquez y Pedro Villalba Ospina
Foto Archivo Marta Rojas

Jaime García Márquez tiene la hermosa cualidad de abrir y sellar una amistad para siempre en el primer saludo. La primera vez que conversé con él, lo hice telefónicamente desde una cabina de Telecom que estaba ubicada en la avenida Caracas con calle sesenta, en Bogotá. Hablamos treinta y dos minutos el lunes 19 de junio del año 2000, a las tres y cinco de la tarde.

La semana anterior había estado en la biblioteca Luis Ángel Arango investigando todo lo necesario sobre el origen y la historia del tatuaje. Leyendo y observando en un tomo de la Enciclopedia Británica, encontré la solución para dibujar el cuerpo de José Arcadio; el adolescente voluntarioso que se fue con los gitanos huyendo de Pilar Ternera. La cambió por una gitanita escuálida a finales del segundo capítulo; se unió a los gitanos y abandonó Macondo. Regresó hacia la mitad del capítulo cinco, “tan pobre como se fue”, pero convertido en un gigante. En el cuerpo tatuado de los nativos polinesios, maoríes, encontré la manera de traducir al grabado la siguiente descripción de José Arcadio Buendía, tras su regreso:

Llegaba un hombre descomunal. Sus espaldas cuadradas apenas si cabían por las puertas. Tenía una medallita de la Virgen de los Remedios colgada en el cuello de bisonte, los brazos y el pecho completamente bordados de tatuajes crípticos, y en la muñeca derecha la apretada esclava de cobre de los niños-en-cruz.”

Cien años de soledad – Edición de bibliófilo
Aguafuerte 27 – Capítulo V

Después de entender claramente lo que era un tatuaje críptico, hice algunos dibujos en mi libreta de bocetos. Cuando me sentí satisfecho, salí de la biblioteca y caminé hacia el norte por la carrera séptima pensando en todo lo que estaba haciendo. Había ido varias veces a Aracataca hasta agotar todo lo que allí me era útil para ambientar el trabajo: la fisonomía de sus pobladores, la luz y las sombras, la vegetación, el río, los pájaros, la arquitectura. Por eso, si me volví un asiduo investigador en la biblioteca fue para saber acerca de las sutilezas del lenguaje en la novela y de las partículas de ella repartidas en el mundo. A los temas por investigar estaba cocida la incertidumbre de cómo podría lograr que algún día, cuando terminara los grabados si me alcanzaban los alientos, Gabriel García Márquez llegara a conocerlos. Levitando sobre el andén, que parece ser la apariencia que tenemos cuando se nos mete algo en la cabeza, vi que en el grupo de personas que venían caminando en sentido contrario; como si se hubiera desprendido de la página más triste de Cien años de soledad donde su nombre está escrito, caminaba Rafael Escalona. Gabriel García Márquez lo menciona en el último amanecer de Macondo cuando Aureliano Babilonia, rompiéndose los puños contra los muros de argamasa; buscando un desfiladero de regreso al pasado e ignorando los numerosos discos anaranjados que pasaban por el cielo, comprendió cuánto quería a sus amigos: “En el último salón abierto del desmantelado barrio de tolerancia, un conjunto de acordeones tocaba los cantos de Rafael Escalona, el sobrino del obispo, heredero de los secretos de Francisco el Hombre”. Necesité algunos segundos para mudar del recuerdo literario a la oportunidad que la vida me estaba poniendo en frente. Estuve a punto de perderlo, si no lo hubiera visto a tiempo, cuando entró a una librería antes de llegar a la calle 19. Lo seguí, con la intención de encontrar un pretexto para decirle que estaba dibujando la novela de su amigo y comenzar de esa forma a construir un puente que me llevara al escritor. Con esa intención lo hice. Entré a la librería y caminé detrás de él entre los espacios de las estanterías. Me detuve cuando lo vi hablar con una pareja de empleados con quienes se dirigió hacía el fondo del lugar. Decidí esperarlo cerca de la puerta para presentarme cuando fuera a salir. Retrocedí unos pasos. Para no despertar sospechas comencé a observar algunos libros puestos en fila y sin orden alguno sobre una mesa. Lo hice a medias, porque constantemente miraba a los empleados y a él en el fondo de la librería en donde se dedicaron a buscar un libro. Por un momento disminuí la atención porque encontré un título que atrajo mi curiosidad hasta el fondo: Los García Márquez, de Silvia Galvis.

Los García Márquez de Silvia Galvis

Lo abrí para ojearlo rápidamente sin distraerme de mi propósito de espía, pero mordí el anzuelo. El libro es una serie de entrevistas realizadas por la periodista y escritora a los hermanos de Gabriel García Márquez. No tiene un orden cronológico sino circunstancial; el primer nombre que vi fue el de Jaime. Comencé a leer la entrevista y solo levanté los ojos hasta cuando terminé. Iba a iniciar con la segunda, a Margot, pero caí en cuenta de que se había hecho noche y también que Rafael Escalona se había esfumado. Me repuse rápidamente de la frustración porque en el libro me enteré de que en Cartagena y Barranquilla vivían algunos de sus hermanos.

Existen circunstancias que pueden repetirse varias veces: hice sumas y restas con lo que tenía entre el bolsillo, pero por más que intenté cuadrar el presupuesto para no descompletar el pago de recibos y otras cuentas, igual que otras veces, tampoco compré el libro. La vida de los artistas parece revestida de una ebriedad interesante; cómoda y suave, pero no es así. Mirando entre bambalinas, las obras están soportadas sobre una filigrana armada con moneditas y también, no pocas veces, por circunstancias que parecen milagros sembrados sobre los hombros de los amigos. Si existe una amalgama que le da resistencia a las cosas, una vez nos metemos de cabeza en la decisión de realizar una obra que por pura intuición imaginamos atada a la historia que admiramos con su partitura de siglos, proviene de la convicción de lograrlo renunciando a todo: alcanzando extremos de determinación y disciplina que parecen expresiones del egoísmo. Así es. Y el único alivio y descanso es el trabajo, porque en esa decisión sin retorno se da un paso imperceptible que solo con el tiempo, y en retrospectiva, se ve como un salto entre la niebla dado con todo el impulso de la vida sobre un abismo, con la ilusión de alcanzar la otra orilla que no se ve. Incluso, con la convicción de que, si el destino es la caída, nos saldrán alas para regresar y comenzar de nuevo. No hay manera de que sea distinto porque desde el primer intento se entiende que la obra exige una entrega total y sin tregua de todo o nada. Entonces, si sientes verdadera tu intuición y estás dispuesto a verla realizada, hasta la adversidad más infame e injusta la conviertes en un aliado que te impulsa. No es un heroísmo. Es la historia que se repite, enseñándonos que mantener la respiración es también una característica del talento. Es así, pero no estás obligado a hacerlo. Puedes esperar a emprender tu obra: la que sea, bajo el estímulo de otras circunstancias con mejores tiempos. Un bote seguro y confortable, un mar en calma con viento a favor y el horizonte despejado, y podrás comprobar que, aunque suaves e invisibles, los vientos contrarios se presentan como caricias que también arrastran. Pero si tomas la determinación en el momento en que la obra se insinúa, ella te guiará, te dará las fuerzas y el consuelo, y te acompañará con algo que no mostrará a los demás porque solo permanecerá en ti: en tu forma de respirar, recargando con vigor tu sangre para nutrir de voluntad el deseo de avanzar con el destino natural; legítimo y justo, de crear.

Escribí en la libreta de bocetos los nombres de los hermanos García Márquez y las ciudades en que vivían. Lo demás, era continuar. El domingo siguiente fui hasta Telecom y encontré en el directorio telefónico el nombre de dos de sus hermanas. Pedí una cabina y llamé al primer número: cuando contestaron quedé en silencio porque la emoción no me permitió abrir la boca, pero también porque no había preparado nada para responder cuando contestaron:

-Sí, aló-.

Entonces, colgué.

Regresé nuevamente el lunes por la mañana: bañado, desayunado, y con las palabras listas. La primera conversación la sostuve con una sobrina García Márquez. Después de escuchar acerca de lo que yo estaba haciendo, me dijo que lo mejor era que me comunicara con Jaime. Me dictó un número de teléfono que coincidió con el otro que ya había encontrado en el directorio. Llamé. Cuando contestaron hice la misma presentación, sumada a la conversación que ya había tenido con la sobrina e incluyendo que me gustaría hablar con Jaime. Amablemente, y como si estuvieran acostumbradas a escucharme, me respondieron que lo llamara en la tarde después de las dos, cuando regresara de Barranquilla. Llamé antes de las tres. La misma persona me dijo que lo habían enterado acerca de mi trabajo, pero que ya había salido para la Fundación para el Nuevo Periodismo Iberoamericano, donde trabajaba, y que había autorizado que me dieran su número de la oficina para que lo llamara. Agradecí mucho la amabilidad con que me escucharon y atendieron. Abandoné la cabina, pagué la llamada y salí para tomar aire y nuevamente impulso. Regresé y marqué a la Fundación. La recepcionista me comunicó con Jaime. Eran las tres y cinco. Desde ese momento quedó abierto un camino de amistad confirmado para toda esta vida y las que siguen, porque con Jaime es posible atornillar un engranaje en el que las conversaciones se detienen por fatiga o porque hay que regresar a Bogotá, y siempre queda la ilusión de poder conversar personalmente con más frecuencia. No obstante, a pesar de esta certeza de amistad que fue inmediata, un año después, cuando me reuní con él por primera vez en su oficina; luego de observar detenidamente el primer grabado que puse sobre su escritorio, fue enfático: detuvo la conversación; con cuidado retiró el grabado, apoyó los brazos en la superficie de madera, me miró fijamente y dijo:

-Tu trabajo es maravilloso y quiero ver los dibujos que has traído. Pero si estás esperando a que yo te lleve o comunique con Gabito, te lo digo desde ya: no lo voy a hacer, porque los García Márquez no hacemos eso-. Tomó aire y continuó. – Es un acuerdo familiar, si lo hacemos con uno tendríamos que hacerlo con todos; entonces no nos alcanzaría la vida para estar llevando razones.

Pude comprobarlo. Eran muchas las solicitudes que a diario llegaban a él en todos los campos y no solo a su oficina. Lo percibí cuando en la calle, o en algún restaurante, alguien se acercaba con un libro, esperando que él lo devolviera con un autógrafo del hermano. Las conversaciones telefónicas que habíamos tenido, sin hablar del tema, me habían dejado claro eso. Aprecié su franqueza y él apreció la mía cuando le dije que lo entendía y estaba de acuerdo. Entonces, dijo:

-Siendo así, quedo tranquilo-. Hizo un breve silencio y continuó: -Has insistido en que conozca originales de tu trabajo; dime: ¿De qué otra manera te puedo ayudar?

– Quiero saber si mi trabajo muestra el entorno real de la novela; su atmósfera natural. Quiero saber si la ves en mis grabados.

-No solo eso-, respondió inmediatamente. -Espera un momento.

Tomó el teléfono e hizo una llamada.

-Estoy viendo algo que no te lo puedes creer-, dijo sin saludar.

Así inició la conversación con su hermano Luis Enrique, quien vivía en Barranquilla. La espontaneidad de Jaime, el cariño que imprime en las conversaciones y su capacidad de atención, reconfortaron innumerables veces momentos de mi trabajo. Uno de ellos, al que me referiré en otra página, fue su preocupación de que los grabados se expusieran por primera vez y fueran conocidos. Otro, más adelante, fue también su deseo y preocupación de que Gabito se enterara. Así lo hizo, con prudencia y sin faltar al acuerdo familiar, después de que Gabriel García Márquez ya estaba teniendo ecos de los grabados para Cien años de soledad, por otras voces, cuando estaban siendo expuestos por primera vez en el mes de febrero, del año 2002, coincidiendo con el Festival de Cine, en el Museo de Arte Moderno de Cartagena. Y fue Jaime la primera persona que me trajo de México, en mayo del mismo año, un ejemplar de la novela con una nota autografiada por Gabriel García Márquez, que atesoro con gran cariño y gratitud.

He aprendido que la concentración y el deseo hacen parte de la actitud que la vida espera que mantengamos permanentemente en nuestro juego. Desde muy temprano las circunstancias familiares nos enseñaron que no hay un ascensor para subir al Everest y que el virtuosismo no es el truco, sino estar dispuestos a hacer el recorrido como debe ser y paso a paso: la vida ayuda, pero hay que entender sus acertijos. Después de estar expuestos durante dos meses en Cartagena, los grabados retornaron a Bogotá para ser exhibidos en la Feria Internacional del Libro, a la que fui invitado por la ministra de la cultura, Aracely Morales. Estando allí una tarde, comenzando a anochecer, me dirigí al pabellón de la exposición. Unos metros antes de llegar a la puerta, dos mujeres se acercaron para saludarme. Con expresión de gran familiaridad una de ellas me habló:

-Pedro, te estábamos esperando, acabamos de ver tu exposición y queríamos saludarte. Soy Margarita Márquez, Jaime me ha hablado de ti y de tu trabajo.

Sorprendido, la escuché con atención y por supuesto con alegría cuando lo mencionó.

-Tu trabajo nos gustó mucho-. Continuó diciendo.

La otra mujer llevaba un paraguas colgado en su brazo izquierdo junto con una bolsa de tela pendiendo de su hombro, en la que supuse que llevaba algunos libros. Me observaba sonriendo amablemente, como esperando a decirme algo tan pronto Margarita terminara:

-Mira, te presento a Silvia Galvis.

Pedro Villalba Ospina
@taller_bosqueprimario